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miércoles, diciembre 27, 2006

La masa renaciente


Si hay un concepto extraño hoy para nosotros es el de “comunidad”. Comunidad suena a “comunismo”, y esto a su vez a anacrónico romanticismo.Entonces inmediatamente tratamos de buscar un concepto paralelo más afín a nuestros tiempos y pensamos en la “sociedad”. Pero si comunidad suena a comunismo, sociedad suena a socialismo, y en cualquier caso tampoco define exactamente la situación actual a la que remitiría el concepto.

Yo propongo, más acorde con el espíritu de los tiempos, el concepto de “masa”. Así pues, nosotros no habitamos en comunidad, ni en sociedad, sino más bien en una masa: un cuerpo acéfalo y ciego en el que se dan cita sombrías individualidades, que desplazadas de su medio común se convierten en algo aborrecible y enfermizo.

Si la comunidad era la expresión de la salud del pueblo, la masa es la expresión de su irrisión. Si el ciudadano era en la Atenas del siglo IV el individuo por excelencia, el átomo crepuscular de la sociedad de masas es el anónimo corpúsculo del que se ceba lo masivo, y por último, si hay una época comparable en la Historia con la que hoy nos toca, por gracia o desgracia, habitar, no puede ser, como denuncian algunos pesimistas, una especie de Edad Media (aunque sólo sea por el flujo imparable de la información), ni tampoco un Renacimiento (sea quien sea el que sostenga esto, es poco menos que una barbaridad).

No; la época más similar a la nuestra se llama en la Historia época helenística: una época de cambios, novedades, inflada por la expansión de las fronteras, que en el siglo XXI se equipara a la globalización, lo que propicia el contacto diverso entre distintas culturas y la posibilidad de una koiné, cuyo similar actual es "la cosa" Internet; al mismo tiempo el sincretismo religioso o metafísico, la búsqueda de la felicidad interior (su correlato actual, en las pseudofilosofías de autoayuda, etc), y por último, la disolución del ciudadano y del individuo en un cuando menos pasmoso globo social en el que la ciudad deja de cobrar importancia, para buscar una referencia en la universalidad (y he aquí de nuevo la “globalización” helenística).

Los habitantes de la Grecia de Alejandro Magno se hallaban desconcertados por un nuevo mundo en el que los antiguos valores pedían ser acuchillados. Nuestro mundo actual ha debido hacer una matanza cristiana correlativa a la matanza de la idea griega de polis; ambos son mundos en inmersión definitiva y ambos exigen nuevas actitudes por parte del sujeto que los sufre.

En todo este desvarío y desconcierto propio del inicio de los tiempos vemos a un mismo tiempo oscuridad y luz: la oscuridad de una caída ejemplifica y evidencia la natalidad de una nueva era. Tal era puede ser desde luego monstruosa. Nada señala que lo nuevo, por el hecho de ser naciente y rupturista, no lleve en sus genes la maldición o la locura.

Sin embargo, todos estamos llamados a esta nueva atención. Inútil resulta resistirse y luchar con las viejas categorías. Esta “postmodernidad” nuestra nos pide sobretodo redefinirla y buscarla, para llegar a conocer mejor dónde y cómo estamos. Nuestro miedo principal no viene de no haber aprendido a aceptarla, sino de no conocerla aún.

Entre la vieja polis y la moderna sociedad nos alzamos en la nueva masa, en el interior del monstruo. Se trata de la vieja cantinela apocalíptica ( Debord, Orwell,Marcuse, Huxley). Hay que eliminar los vestigios apocalípticos y señalar con ironía su esencia pueril y bochornosa. La figura de Diógenes y el cinismo vuelven a resultar coherentes en una época en la que es precisa la crítica y a menudo el escarnio. Y algunos de nosotros, átomos de esa masa que se mueve aún ciega y sin destino, nos frotamos las manos en un gozo libidinoso: hay mucho trabajo por hacer.

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