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jueves, octubre 04, 2012

Recuperar la idea de historia


Cuando nuestro presidente de gobierno afirma que “la realidad” le ha obligado a renunciar a sus deseos políticos, no está precisamente contribuyendo a mejorar la mala imagen que de la política tienen los ciudadanos, sino más bien todo lo contrario. La razón de todo ello es que la afirmación del presidente acentúa más aún una de las claves en las que se fundamenta el descontento general con la política, a saber: la idea de que en un plano general, la política está inutilizada contra las fuerzas exteriores que la determinan, y la idea de que en un plano particular, el sujeto político concreto responsable de las grandes decisiones del gobierno- en este caso, el presidente- está inutilizado con respecto de las fuerzas exteriores que lo determinan. En este último caso, tal determinación viene a justificar la percepción generalizada que convierte a la política en un ente autónomo con respecto de las subjetividades concretas, y a éstas en una subjetividad manipulada y determinada exteriormente por procesos políticos cada vez más independientes y sometidos a su vez a procesos económicos autónomos. Mas la autonomía del estado es autonomía solo con respecto de la voluntad política particular; y es que esta autonomía relativa obedece las órdenes de una determinación mayor: el inconsciente de la política actual, el verdadero fantasma en la máquina, el capitalismo financiero.

Esta autonomía del aparato de estado puede formar parte, entonces, de esa percepción generalizada que convierte al político en blanco de innumerables críticas. La idea de que el aparato de estado forma una maquinaria autónoma, con respecto de la que ningún sujeto o voluntad subjetiva representa una voluntad autónoma, la idea de que el estado forma una máquina independiente, con una estructura que debido a su propia esencia anula cualquier intento de modificación subjetiva que influya realmente en el organismo de la sociedad, fundamenta también las revueltas populares y la lucha en las calles de los colectivos y movimientos sociales. Pero quizás existe una razón más profunda que, de manera consciente o inconsciente, también influye en esta negativa percepción. Desde el momento en que se contempla exteriormente la maquinaria del estado como un lugar de inmutabilidad, de simple distribución de funciones sociales y políticas, el estado aparece como el lugar por excelencia del monopolio del poder y de la conservación a largo plazo de ese monopolio. El estado no aparece entonces como el lugar público por excelencia, el ágora desde el que dinamizar, dar sentido y fundamentar políticamente la vida activa de sus ciudadanos, cuanto un mecanismo abstracto, insípido, impersonal y estático, sujeto solamente a conservar y mantener en el espacio y en el tiempo las relaciones de poder.

Esta apariencia estática converge además con aquella disolución de la historia que venimos padeciendo desde la aparición del postmodernismo como justificación teórica y cultural del capitalismo. La idea de que la historia no tiene fines, el aserto nietzscheano que mediante la tesis del eterno retorno rompe cualquier idea filosófica que tenga metas u horizontes, se ha establecido para largo en el terreno político. En suma, se ha arrojado fuera de la vida política la idea de transformación. La aceptación generalizada de la repetición ha traído también la disolución de aquellas antinomias platónicas tan odiadas por los postmodernistas, sin las cuales es imposible pensar el cambio; la destrucción de un pensamiento dialéctico que hacía posible la apariencia como algo distinto de la realidad- en Hegel y en Marx- y que establecía la distancia necesaria para poder pensar un mundo mejor, ha sido brutalmente destruida estableciendo en su lugar un horizonte parmenídeo, esférico en sí mismo, en el cual es imposible pensar el cambio, porque no hay cambio posible que pensar. Es en este horizonte ideológico y post-filosófico que se enhebra la realidad de la política y la función del estado en nuestro tiempo: el mantenimiento ad infinitum de las relaciones de poder es la manifestación fenoménica de la idea postmoderna según la cual la eternidad tiene lugar en el presente; el tiempo mesiánico irrumpe de forma violenta en el presente mediante la concepción que afirma la eternidad del capitalismo y la economía de mercado.

Se trata, en suma, del destierro de la historia. El fin de la historia, la filosofía de la historia, sirvió en su día como esquema regulativo- al decir de Kant – como ley tendencial hacia la que caminaba la humanidad. Erradicados los fines de la humanidad, el tiempo mesiánico se descubre como actualidad y presente, destruyendo entonces todo posible horizonte más allá de esta actualidad. Si no hay fines para la humanidad, tampoco hay necesidad de cambio ni de una transformación radical. La palabra que sustituye a esta última es la de reforma, que no es sino el mecanismo que regula la estabilidad de la máquina, que hace posible por tanto la continuidad del sistema con un mínimo de mantenimiento. Como escribió en un artículo Jürgen Habermas, se conforma la imagen de “un cuadro reformista de regímenes políticos que se suceden unos a otros en un ciclo sin fin, como los descritos por los cuerpos celestes”. Ahora bien, pensar el estado como la transformación- o superación- del estado, como la modificación de los fines y de las funciones del estado, a fin de convertir este en la organización superior y verdaderamente representativa de las masas dominadas, exige pensar también en las condiciones de posibilidad de esas transformaciones. Es preciso insuflar la voluntad de transformación en el sujeto político implicado en la maquinaria estatal, haciendo de ésta el lugar de la acción y la transformación de las relaciones sociales que se quieren superar; pero también es necesario calibrar primero cuál es la naturaleza propia del estado actual- si es que existe- con el fin de saber qué tipo de herramientas se pueden utilizar para cambiarlo. Es evidente que la implicación del estado en el sistema económico financiero hace que este proceso de cambio no pueda limitarse a la esfera política; es ahí donde la política debe expandirse tanto hacia el exterior – los movimientos sociales y la voluntad popular- cuanto hacia el interior- sus propias dependencias y su naturaleza intrínseca.

La erradicación de la historia permite también que la memoria de la misma resulte un acto digno de aguafiestas. La molestia por la “memoria histórica”, por recordar que nuestro estado democrático tiene raíces fascistas, la impunidad de los asesinos y la desolación de las víctimas no reparadas, converge con este carpe diem que es la fórmula ideal del postmodernismo y del mantenimiento acrítico del capitalismo tardío, pero también fundamenta el necesario olvido sobre el que se levantan nuestras estructuras democráticas, tan convenientes para los que okupan la política con el fin de mantener las relaciones de poder y alejar el riesgo de peligrosas subversiones.

La oligarquía, el capitalismo financiero y la derecha política odian la historia. Primero, porque saben que la historia es el terreno de las transformaciones sociales y políticas, la demostración cronológica de la lucha de clases, y sobretodo porque la historia demuestra que el poder político es frágil y evanescente. La derecha política teme reflexiones como las de Marco Aurelio, quien teniendo como fondo la vanidad de todos los seres de la naturaleza, sabe de las miserias relativas a las posiciones de poder en el mundo terrenal. Mas no solo odian la historia, sino que también quieren ocultarla a los demás. La tesis de la derecha popular según la cual “las cosas siempre han sido de este modo” es la negación de que la historia se mueve mediante transformaciones continuas. Nada más falso. Es Heráclito y no Parménides quien redacta las leyes de la historia.

Pero la historia no se agota con las transformaciones: suya es la ley de la memoria, sin la cual tampoco hay horizonte ni futuro. La memoria fundamenta el presente y le otorga sus razones; por eso todo proyecto político transformador ha de triangular en su discurso la reparación de las víctimas, el recordatorio de quiénes son los perdedores sobre cuyos restos se levantaron las estructuras de poder que hoy nos dominan, y vincular esta memoria con un proyecto de futuro que no se limite a la tediosa gestión de la actualidad pública, sino que tenga en mente, como límite y a la vez como ideal regulativo, la emancipación de la humanidad y la expansión de todas sus capacidades, idea sin la cual pensar la vida humana quizás no merezca la pena.




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